sábado, 20 de agosto de 2016

Del dolor y la Vida



Por amor, por alguna pérdida, por miedos, por el futuro, por la incertidumbre, por no saber qué camino tomar, por heridas, por inseguridades, por defectos, por palabras nunca dichas, por secretos, por circunstancias. ¿Cuántas veces hemos de sentir dolor?
Dolor del que surgen las lagrimas que humedecen el interior del pecho y aplastan el valor y la belleza del rostro. Dolor que mengua la viveza de la sonrisa y el color de la voz. Dolor sin cielo y en silencio.

Erase alguna vez una mujer, de viva sonrisa y de ojos alegres. Pero ha de encontrar que la vida no tiene caminos sin piedras, sin abismos, sin obstáculos; la vida no es un camino recto que siempre va ascendiendo; no es un camino de una sola dirección; no es camino adornado de un cielo siempre azul, siempre claro, siempre bello. Y ella cae, no una vez, sino muchas. Se ha raspado, se ha golpeado, se ha perdido, ahora su corazón se ha acongojado porque su camino se ha visto oculto por la niebla, por las ramas de los árboles ya sin vida, por la oscuridad del cielo, y encerrada en el miedo y en el silencio, sus pasos se detienen quedándose atascados en ese espacio oscuro de su sendero. Sin moverse, sin observar, ha cerrado los ojos y se ha sentado en una piedra a pensar, porque su camino se ha perdido y esperando algún amanecer siempre lejano, se ha quedado en silencio con lagrimas nadando en las olas de sus mejillas. ¿Por qué se pierde su camino? ¿Por qué siente tanto miedo?
No solo ha perdido las luces de su camino, sino que también se ha sumergido en el silencio. Su miedo e inseguridad la han sumido en un cuarto imaginario de altos muros grises que le han negado expresar sus palabras, su amor creciente, el amor que florece y que no pudo evitar; el amor a su mirar, a su reír, a su soñar, a su hablar y a su cantar. Pero por su miedo y por el amor a la compañía de aquel caballero, sus palabras se han quedado ocultas en el silencio de la melodía de su palpitar.
Y ahí está ella. Quieta, miedosa, triste, con el peso de la incertidumbre y la amargura de la indecisión. Con el ritmo de su vida detenida por las consecuencias de sus pasados errores; esperando. Y he ahí, que el dolor de la indecisión es uno de los más grandes, de los más desconcertadores, porque no te permite avanzar, ni caminar, ni hablar, ni saltar aunque sea, para divisar el siguiente paso a dar. Este dolor te quita valor, quita magia, quita viveza.
¿Qué hará ella entonces? Si debe esperar primero una respuesta por sus errores, una señal de su amor y sus colores, un pensamiento de su camino y sus albores.
Sin embargo, sentada en esa piedra a la sombra de la oscuridad, se da cuenta que sus errores son experiencias, su amor es una hermosa vivencia, y su camino una sorpresa.
No amanece, el sol no se asoma para guiar su camino. Con los ojos aún cerrados ella comienza a dar pequeños pasos guiados por el sonido de su propia voz, y sigue adelante. Con la incertidumbre en su rostro su sonrisa regresa y sus ojos retornan a la alegría. Las decisiones vendrán junto al viento y el camino se hará más claro a cada paso. Sus ojos ahora abiertos recuperan su fuerza y siguen caminando.
Aquella oscuridad ha de ser un paso en cada vida. Esa oscuridad quien es lo bastante sensual para seducir los corazones y arrugarlos hasta opacarlos, jamás ha de ser un camino, sino una transición.

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