lunes, 8 de agosto de 2016

El ego ha hablado




Era una isla tranquila en un clima hermoso. De repente, un volcán que parecía dormido rompe el silencio del viento y su lava quema el corazón de esa isla. Arden sus brazos, su pecho, su piel. Su corazón tranquilo es arrugado por esta cruel sustancia, cuyo fuego quema hasta las entrañas de sus mismas venas. Así, su tierra se opaca y su vegetación se marchita; el fuego ha absorbido su viveza y color.
Así es como los sentimientos pueden degradar el cuerpo humano, enajenando la delicadeza de su felicidad, llenándolo de aires oscuros donde se esparce la ceniza por toda su visión, no pudiendo luego ver bien a causa de las sombras de la vicisitud de un sentimiento desgarrador.
El odio, la envidia, el rencor, las represiones, la codicia, los celos. ¿No son sino imaginarios creados a partir de los distintos contextos por los que pasa y experimenta un humano? ¿Por qué surgen estos sentimientos desgarradores, si nuestro estado natural al nacer es de plena paz?
Si bien, como sujetos sociales absorbemos distintos elementos de los que está constituida la sociedad, repitiendo y copiando sus modelos y lineamientos sociales, culturales e incluso éticos, formándonos así como sujetos integrantes de un determinado contexto histórico. Entonces, al tener estos paradigmas tan impregnados en nuestro ser, nuestro cuerpo e identidad confieren limites y divisiones sociales imaginarias. Al tener limites, nuestras mentes se encierran en dramas, que, como nuestros sentimientos aberrantes, son imaginarios. Al estar tan impregnados en nuestra concepción de realidad, resulta entonces difícil de desaparecerlos, superarlos, o aunque sea ignorarlos.
Lo necesario entonces es el acto de transformar esos sentires en empatía, comprensión, reflexión.
Esta isla marchita y opaca vuelve a regenerarse renaciendo en una nueva existencia. Su vegetación vuelve a crecer más fértil aún gracias a las cenizas del volcán. Su tierra cobra viveza y color, pues la existencia misma es cambiante; sean cambios dolorosos o alegres, cada transición confiere belleza a la isla siempre y cuando ella sepa surgir de entre las sombras del dolor.

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